Crónicas Cruzadas 4: El penúltimo robo (I)

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Pluma: Leonardo Bruzual Vásquez


—¿Cómo estás? —Estoy, porque hoy otros no están, ni estarán.
Esta crónica se escribe con felicidad, a pesar del…


¡Aquel jueves por la tarde llovía! Hacía ejercicios para distraer el alma y fortalecer el delgado cuerpo, delgado por el hambre. La melancolía del cielo traía consigo -más adelante lo supe- una pérdida sin precedentes para mí. De repente, se desdibujó mi sonrisa. El pertinaz rocío pasó a ser una tormenta de preocupaciones en mi mente: se llevaron las llaves del apartamento que no es mío, hasta los lentes.

La gente te mira. Vas por la calle, y te mira. Caminas por la hedionda estación del metro, metro cansado de llevar y traer a tantos que perdieron el sentido común y los valores de convivencia, y te miran. Entras al vagón, y te miran. Subes las escaleras mecánicas dañadas -así como dañada está la sociedad con ronchas carcinógenas de estrés e ira-, “te tiran el ojo”, te miran. Te ríes en la mesa sin el café, y te miran. Acompañas a un amigo a fumar, le bendicen y le dicen: “Cristo te ama”; a los dos nos miran. Vas de regreso a una alcoba prestada -con cilindro nuevo, por un “por si acaso”, y te siguen mirando. Llevas lentes de sol en la tenuidad del día, entristecido día, corres para tomar el bus, “¡¡permiso, permiso!!”, y la gente… te mira. Los lentes de sol de segunda se salvaron, porque se quedaron en el cuarto junto al telefonito móvil viejo que me obsequió, por algún otro robo, mi viejo.

No miran que el vivo color naranja de tu camisa de cuadros pequeños -o de rayas cruzadas que hacen cuadritos- lleva alguna pena o desilusión, es un naranja mojado por la lluvia vespertina repetida, con el mismo síntoma a la de la mañana y a la de ayer. «Si no hubiese llovido, no me hubiesen robado», pensé. No miran que los lentes de sol escarapelados son para tapar el cristal de la impotencia, en los ojos. No miran que llevas dibujada una sonrisa que es combustible para seguir adelante en el país indómito; sonrisa que lleva tinta de recuerdos, recuerdos que te la mantienen viva, vivos momentos que solo tú sabes cómo fueron, de sabores y aromas que extrañas por la crisis; sonrisa que es el destello de luz en tus vericuetos episodios oscuros. No miran que los zapatos están sucios por las salpicaduras de charco pegadas al blanco tras la garúa matutina, mientras esperaba en la fila por el flash y la foto de la nueva cédula sin identidad. «Se llevaron mi cédula y perdí parte de mi identidad», pensé. Tuvieron que pasar más de seis horas para que se diera el encontró mío con una de las cámara que no estaba dañada, más de seis horas “porque el sistema está lento y está caído”, aseguraban los del Servicio Autónomo de Identificación, Migración y Extranjería, mas nadie le dice así, se le conoce como Saime.

Decía una señora que viaja con frecuencia al país del norte -tan odiado y amado a la vez-, que allá en el imperio estos trámites son rapiditos y no se te iba la vida en colas, colas y colas; así como las sempiternas colas por comidas, medicamentos, baterías y cauchos para los carros, o simplemente un pan; sí, solo una “canilla” por persona en muchas panaderías. Decía mi mente: «yo quisiera vivir en un país con apenas algunas reglas como las del norte, pero que quedara en este sur que perdió su brújula y su norte». Ojalá aquí las cosas andaran con un diez por ciento, al menos, de cómo funcionan en el de las barras y las estrellas. En Venezuela actualmente, y desde hace un rato largo, es norma, es ley, la anomia. De hecho, ya muchos empiezan a anexar en su vocabulario esa palabra.

—¿¡Cómo es eso que te robaron!? —te pregunta la gente, como si se tratase de un incidente ajeno al anárquico país de los políticos malcriados que juegan a la casita de muñecas, a ver quién se queda con el Ken—. Y después del “¿cómo amaneciste?”, toca responder:
—Amanecí. Al menos eso es bastante —decía esta mañana el reconocido locutor.
Y cuando me preguntan “¿cómo estás?”, toca responder:
—Estoy, porque hoy otros no están, ni estarán.
—¡Cóntrale, vale!, ¡qué chimbo eso, qué desagradable!
—En un país anormal, no pueden suceder cosas normales —lanzo la frase con el filo de un bisturí. Quien la oye, te asiente con la cabeza.

No fue un atraco, solo fue una nauseabunda y putrefacta necesidad de un delincuente indetectable, con la astucia de una ardilla y la flexibilidad de una rata, con las manos llenas de miseria, negras como el pie diabético que se pudre en el hospital sin camillas, sin medicamentos, recintos con peor olor que el del subterráneo [casi 80 por ciento de los centros de salud venezolanos presenta escasez de medicamentos, informaba tempranito en la radio un médico “superhéroe”]; manos manchadas como las aceras con sangre seca, manos que solo buscaban -lo más seguro- un celular de última generación, nada más; manos de un pusilánime que juega al fútbol para distraer su vicio o para esperar cazar a su próxima presa: ayer yo, y otro lote de gente más, me enteraba el siguiente día nublado.

En la tarde, una amiga me comentó que en el programa radial de la reconocida periodista Vanessa Davies, la comunicadora comentaba sobre los masivos robos y atracos en el Francisco de Miranda, conocido popularmente como Parque del Este, La Gran Caracas, un espacio, por cierto, militarizado: con uno que otro soldadito vigilando por aquí, y por allá, un verde oliva mirando el celular.

Un excompañero de trabajo, seguidor del fallecido mesías venezolano del siglo XXI, periodista amante de lo abstracto, alocado poeta buena gente, diría que la culpa no es de quien robó, la culpa es del “sistema”, un sistema donde el ratero aprendió el Padre Nuestro del hurto como pan suyo de cada día, donde la felicidad de muchos se desvanece y los policías ladrones hacen de las suyas frente a la fuente dormida y el busto decapitado, sistema que hace dejar los cuadernos a un lado, a cambio del hierro que mata y el prestigio ¿o privilegio de tenerlo?, y las carajitas del barrio que aman tener al “jevo” (novio) con moto y sentir el hierro frío entre las piernas de falditas cortas, sin pantaletas; muchachitas de su madre -o sin madres, porque una madre no las dejaría, ¿o sí?-, que también cambiaron un pupitre por una sala de parto, porque les metieron el hierro caliente que les disparó el semen itinerante [«carajitas criando a carajitos», pienso], un sistema que enluta a madres con corazones rotos…; sí, porque el malandrito sabe robar, mentir, matar, pero yo sé pensar, escribir, crear.


manos que piden-manos sucias-manos negras
“Hay manos que piden, hay manos que roban; hay las que siembran y las que crían; hay manos que crean, hay manos que escriben”. LBV | Foto: archivo. Autor desconocido

 

… a pesar del “se llevaron todo”: apenas me quedé con una botella de agua casi vacía y mi ropa deportiva con un sudor frío y mis zapatos cansado y mi mente pensativa y mi ganas de gritar, pero nadie lo notaba, creo. En el bolso con todas mis pertenencias y documentos [«ay, tan bueno ese bolso», pensó en voz alta mi madre en la llamada a larga distancia] se fue también el sobrecito de azúcar que quedó de una cita con un filósofo -tipo brillante, además-, y que endulzaría el cafecito del fin de semana, ahora guayoyo amargo como aquel alucinógeno bajo el techo escarapelado.

Aquel jueves gris se llevaron todo. Me dejaron desnudo sin quitarme la ropa, pero no se llevaron mis ganas de seguir adelante, de cumplir mis metas, ni mi sonrisa que hace creer a los que miran que no ha pasado nada. Y es la verdad, señoras, señores, afortunados, afortunadas, no-ha-pa-sa-do-na-da. El mundo continúa girando. Ayer murieron unos cuantos, muertos por un asesino, un psicópata del Medio Oriente, o por la guerra, o por el sistema, y para el mundo, no pasó nada…

Cuídense mucho, por favor, miren que somos pocos los buenos, y no quiero quedarme solo… Me la regaló un adorable abuelo de sonrisa francesa nacido en Vietnam, que me lo trajo la lluvia de esta mañana, de ese momento en la fila sobre el charco, en aquella conversación por allá. Desde siempre, Leo.


Apostillado

La gente que te mira no te mira el bolsillo donde sólo tenía 150 bolívares (0,15 centavos de dólar, dicen), que no eran míos, sino de la bondadosa vecina; pero como dijo el amigo que fuma, “tenías”. En la segunda entrega sabrán por qué el “tenías”. Hubiese escrito 160 bolívares, pero los otros diez se los di al ciego -otro de los tantos invidentes- que pedía en el metro, hombre enjuto guiado por su instinto y por un joven que lo sostenía de los hombros, adolescente con la melancolía de la Pietà de Miguel Ángel o la Piedad del Vaticano, melancolía de las fotos en el celular que me dijeron adiós, melancolía de un cielo enladrillado sin un sol que desenladrille, apática melancolía amasada con nostalgia, que vino a mí, una vez más, como una fotografía del rostro de La anciana y los miserables. Me pudieron robar el bolso con todos los macundales, pero que no le he permitido a esta señora que vuela cual fantasma por todo el país que me robe mi alegría.


«Esto solo le pasa a un pendejo en un país de corruptos», pensé y seguí caminando, no mirando al piso, sino sonriendo, aun con la sonrisa pesada.