Crónicas Cruzadas 3: Café alucinógeno bajo el techo escarapelado

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Aquí, con un cafecito negro; recargado, pero todavía guayoyo; calentito, entibiado con el soplo de las entrañas; endulzado con las enseñanzas de la matriarca del ojo de vidrio que pilaba cantando, con el cariño de un matrimonio prematuro roto, con las ocurrencias de mi gente de aquella Cumaná que se niega a sumergirse en las profundidades del golfo negro, temerosa fosa del olvido; café con olor a arena y mar de un amanecer decembrino en San Luis. El hambre y el frío nos citó en la mesa con orillas desconchadas del piso ocho, el último piso. «¿La azotea es un techo u otro piso?», pensé. ||Pluma: Leonardo Bruzual Vásquez.


… me abraza fríamente, me muerde el lóbulo derecho, me susurra al oído…


Cafecito oscurito cual clarita noche sin estrellas que se escurrió en el colador de recuerdos, manga manchada que dejó pasar gratas añoranzas y atrapó, como camisa de fuerzas, dolores y penas.

Cafecito sabrocito que siempre traes contigo hermosos momentos llenos de felicidad proyectados en la mente con la tecnología de una película de los años treinta, recuerdos en blanco y negro como el culo de la taza y el color del caldito que crispa al paladar.

Cafecito del chorrito colado, riachuelo que alimenta un manantial de pensamientos; agüita termal que abriga el alma, espejito líquido que aguarapa las nostalgias, que estimula los sentidos, los placeres, los caprichos, que quitas a corrientazos el frío.

Cafecito mío, más que mío, de la sifrina taza vestida de orquídeas, que a sorbos conversa conmigo sobre mis logros. Más que de mis caídas, tropiezos y aprendizajes, hablamos de mis triunfos frente al rostro de la envidia, úlcera carcinógena del yo de la gente que se alimenta de baratos y retorcidos rencores, de personas llenas de llagas en la palabra vacía, como vacío es el reflejo en sus mismos espejos carcomidos de capas rojizas, manchas de óxido, tétano en el tuétano de sus almas.

Cafecito dulcito que destila el bálsamo de mi vieja amiga, la playa de mis atardeceres; que me cautiva con la fragancia de mi nueva amiga, montaña fresca de mis amaneceres, que en las mañanas templadas viste su cuello con la elegancia de una fría bufanda blanca.

Así, con el vaivén de las evocaciones, sostuvimos una plática plácida y placativa el guarapito oscuro y yo. Entre tanto, de los ojos a la mesa, baja el deseo; del plato a los labios, sube el misterio; del tenedor a los labios, se topan las ganas: torticas de arroz con sazón de la abuela, bañadas por una llovizna de queso; arroz atrapado en una mezcla de harina de trigo y con escarchas de anís dulce comprado en aquella bodeguita de Río Seco, en Sucre, cerca de Yaguaraparo; tortitas como las que me hacía mamá de pequeño, de joven, de adulto. En el plato las acompaña el néctar de dos cascarones rotos, yemas y claras semirevueltas, blanditas como el corazón enamorado, jugosas como el placer desenfrenado; amarillo y blanco alterados con un toque de sal que endulza esta necesidad de no querer discutir más con el hambre matinal, estomacal, criminal.

taza de cafe y letras_Amber Edwards
‘Kaffee’ (café), una ilustración realizada con tinta de pluma mediante la técnica ‘WordArt’, centrada en todas las palabras asociadas con una taza de café. Año desconocido | Diseño: Claudia Tremblay | Cortesía: Free Gazo 

¡Solo fue un poco, para ahorrar! La taza quedó medio llena. «Cuando tu tacita esté medio vacía, no te preocupes, llena ese espacio con efusivos recuerdos», pensé. 

¿¡Cómo comenzó esta guarandinga!?

Un bostezo: se levanta medio cuerpo, la otra mitad se queda dormida en el colchón del cuarto forrado en libros…

Un suspiro: desde el fundillo de la taza palaciega, nace lenta y seductoramente el humo zigzagueante semitransparente. Asgo con ambas manos el pocillo, y dejo que un delgado hilo de corriente me reanime todo el cuerpo, incluyendo la otra mitad que se quedó dando vueltas sobre el colchón pegado al piso.

Un respiro: hubiese preferido un pocillo de peltre con pecas de óxido, o uno de arcilla como el barro que sostiene aquella casa de bajareque sobre los cerros de Muelle de Cariaco, o la totumita donde lo bebe mi amiga folclórica Yajaira, la licenciada en cultura.

Un jadeo: se sale la lengua de la boca como si se agarrara por las greñas gritando como loca.
—¡Ax, me quemé! —me sobo con cielo de la boca, me siento es la decrépita silla…
El ¡tintín! de la cuchara bailadora y unos cuantos soplidos; otro sorbo…
Un quejido del plato tras el leve golpe del tenedor; mastico…
Un torrente caliente se enchufa en el estómago después; platico…
Una conversación que solo escucha mi mente:
—¡Hola, “Mañana”, qué tal te va? —Y la mirada se pierde atravesando edificios que parecen moverse, hasta chocar con el verde opaco de la montaña espesa—. ¡Bienvenida seas con tu buena vibra!
—Aquí vamos, al paso del inexorable y malgastado tiempo, ¡disculpa mi frialdad! —me responde segundos más tarde con un hálito que se descongela desde la cumbre y entra por la ventana de la cocina, a mis espaldas; me abraza fríamente, me muerde sutilmente con la puntita de los dientes el lóbulo derecho, me susurra al oído, me seduce como una ninfa.
—¿Hablamos? —Y la mirada perdida que se fue hasta las antenas olvidadas, hasta el pulmón herido por el cáncer de la quema, hasta el monte sediento de lluvia [anoche garuó], regresa rápidamente, se vuelve a mí y me mira fijamente.

Y como si fuera un cuentacuentos risueño, con harapos que improvisan un disfraz, Guayo, mi café, irrumpe a todo pulmón e interrumpe mis cavilaciones con la mañana:
—¡Epa, epa!, ¿y tú no saludas? —le agrega un tonito de colector de busetas.
—¡Ya te saludé! Me recibiste con un latigazo en la lengua.
—¡Carajo, quién te manda a hacer que el agua borbotee? —y con el tonito de Óscar Yanes, sigue: ¡ibas a quitarle las plumas a una gallina?
—¡Hace mucho frío, Guayo! —Y al segundo sorbo, ¡puaj!…, ¡aj!; le falta otro poquito de azúcar.
Y para no culparse por su natural amargura, le echa la culpa a su hija:
—¡Mira cafeína, qué ‘amargao’ me tienes, mijita!
Y después suelta un grito con aires de Puerto Rico para llamar a su inseparable ayudante; unos dicen que es masculino, otros dicen que es femenino:
—¡¡Azúcar!!, ¡dale dulzor a esa mujer pa’ alejar las tristezas! —Guayo se ríe como Pulgoso, el de Hanna-Barbera -se enfría un poquito más- e inmediatamente dice con una ironía como de quien mueve un llavero en sus manos: ¡Por eso yo me prefiero dulcito para dar fuerzas, felicidad, fortalezas!
—Tenemos que aprovechar esta magistral mañana, matiz maravilloso de sol, para rememorar unos cuentos espejismos.
—¿A-di-vi-na-qué-te-trai-go! —intenta hacerle cosquillas a mis papilas; tercer sorbo.
—¡Jum! —le gruño con la mejor intención—. ¡Qué?
—¡¡Jo, jo!! Lánzate el cuarto traguito y te muestro ¡¡Dale pues!! ¡Ja! —bufonea.
— … —Y llegaron a mí los recuerdos con la velocidad con que se volvió la mirada que se había ido de nuevo a las entrañas de la montaña. Llegaron con ella: el sorbo, la brisa, el canto de la aurora y gratos detalles del ayer.

Esa mañana, con las chocarrerías de Guayo, fue muy agradable. Se reconfortó el alma y se acurrrucó tal cual un cachorrito se abriga con el calor de su madre. Conocí de él que la cafeína no es la culpable de su amargura. Él debe agradecerle a ella su poder estimulante que le ha dado su éxito mundial y que ha hecho suspirar de satisfacción a millones y millones por su sabor. Eh, ¡mosca!, según dicen -lo cuento chismorreando- que este viejo amargado lo descubrieron cerca del siglo XII, por allá por la tierra etíope del continente olvidado, África.

También tiene sus riñas con el cacao, porque quienes conocen muy bien a su competidor, aseguran que da más energía, según afirman unos cacaocultores de Yaguaraparo, en el municipio Cajigal del estado Sucre (NE). De hecho, existe una leyenda con mucha credibilidad que narra cómo fue que conocieron a este ancestral señor:

La más fuerte y aceptada de las leyendas acerca del descubrimiento del café y la bebida del café es la que hace referencia a un pastor llamado Kaldi. La leyenda dice que Kaldi se dio cuenta del extraño comportamiento de sus cabras después de que habían comido la fruta y las hojas de cierto arbusto. Las cabras estaban saltando alrededor muy excitadas y llenas de energía. El arbusto del que Kaldi pensó que sus cabras habían comido las bayas tenía como frutas unas muy parecidas a las cerezas. Entonces Kaldi decidió probar las hojas del arbusto y un rato después se sintió lleno de energía.

Kaldi después llevó algunos frutos y ramas de ese arbusto a un monasterio. Allí le contó al abad la historia de las cabras y de cómo él se había sentido después de haber comido las hojas. El abad decidió cocinar las ramas y las cerezas ; el resultado fue una bebida muy amarga que él tiró de inmediato al fuego. Cuando las cerezas cayeron en las brazas empezaron a hervir, las arvejas verdes que tenían en su interior produjeron un delicioso aroma que hicieron que el abad pensara en hacer una bebida basada en el café tostado, y es así como la bebida del café nace.*

El techo escarapelado. La ropa mal lavada de la mujercita espagueti, mal puesta en la cuerda. La arrugada sábana guindada sin ritmo. El portazo… La gata dormida. El maullido despierto. El filamento felino flotando. El canto desafinado de los guacamayos viajeros. El roído del puercoespín hambriento enjaulado. Las cajas de libros encarcelados. El sillón arropado por una sábana llena de pelos, ¡pelos de la bendita gata! La plancha fría como la niebla y como la lluvia de anoche. La viejísima capa de polvo de la mesita con el retrato que mantiene viva a la doña muerta. El sofá polvoriento y con pelusas; sí, pelusas de la bendita gata rendida; rendida con la misma placidez de la italiana atrapada en el óleo del cuadro:la Venus acostada, inclinada, reclinada, la Venus de Urbino, la del perrito, la Venere giacente de Tiziano, ¡la guarandinga esa! [tomo aire y sigo]. Los cambures marchitos sobre la mesa. Los zapatos tirados bajo la mesa. Los cuadernos rojo y azul cansados sobre la mesa. Los calzoncillos rojos calentados por las piernas bajo la mesa. El abrigo azul cerrado hasta el cuello. El cuello del bombillo colgante quemado. El monte quemado de El Ávila. Todos ellos me rodearon en aquella sala [¡y también esa fulana desnuda que se toca la cuca lisa y blanca como la taza, y caliente como el café! ¡Fogoza!]. Quedé en medio de un círculo de corotos contando aquella disparatada anécdota antiquísima africana.

Todos ellos, los tertulianos silentes sentados sobre la alfombra de madera, sobre las pelusas voladoras, escucharon en la quietud de la calma [calma que de repente olió a la leña del fogón de la abuela]. Prestaron atención con el mentón en los nudillos de sus dedos; otros, en la cuenca de sus manos; mientras yo sorbía de a poquito el cafecito tibio que abriga el alma bajo el techo escarapelado. También oyeron detenidamente aquella suerte de conversación entre el café y mi mente que zumbaba como el murmullo ensordecedor de las cantinas borrachas, y de un motor de compresor industrial que nunca apagan ¡Qué pedo ese ruido! ¡Qué fría has estado, Caracas!

El humo de los gratos recuerdos y el humor de los gratos cuentos pincelaron, cual pintor italiano de 1400, una sonrisa en mí…

Capítulo IV


Apostillado

No hubo borra en el fondo. No hubo siquiera café cortado por falta de la leche borrada por la crisis, cortada por la escasez, ahogada por la especulación. Como el rocío de la neblina, como el chorrito del colador, faltaron calabobitos de canela, mas no me faltó tu cálida compañía mañanera en un país con la cojera de la anciana y sus miserables, la ceguera del pedestal decapitado de Bolívar, un país con sordera como la fuente dormida. Ay, estimado café negro, café solo, café puro, café turco, café de puchero, estás tan caro hoy día que ahora te la das de café con leche. ¡Qué mala leche le cayó al país! ¡Qué mal café para Venezuela!


Capítulo II<


*Esta información aportada por Mundo del Café.

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