Crónicas Cruzadas 2: El decapitado y la fuente dormida, buhoneros y policías ladrones

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Pluma: Leonardo Bruzual Vásquez


«Se al…la hab…ción. Telf. 0416…86…»…


—¡Disculpen!, ¿pueden decirme de quién era el busto? —pregunta Noel Odra a quienes están sentados a tres pasos del pedestal decapitado por la guillotina de la sociedad: la delincuencia.
—¡Del Libertador! —responde un hombre como si se hubiese ganado la lotería, acompañado de una embriaguez y una dejadez que lo hacen ver más viejo de lo que aparenta ser. La inquietud del visitante enciende los ojos agrietados, afluentes rojos que recorren sus escleróticas y atraviesan los iris cafés hasta desembocar en los desorbitados cristalinos. La pregunta no iba para él. La mirada del preguntador estaba dirigida a una joven con un chaleco impermeable, pelo largo, regordeta.
—Pero la señora que vende tortas y que tiene 30 años trabajando por aquí me dijo que era un angelito —refutó Noel.
—¡No, no! Ese era Simón Bolíva’ el que estaba ahí, pero se lo robaron —intervino la joven que terminaba de atender a un cliente en el tarantín de venta de golosinas y periódicos. Un paraguas grandote les sirve de techo. Ella acomodaba el dinero en orden de valor en el fajo que luego guardó en su bolsillo. Otra mujer con aspecto de aya, vestida de luto, rostro enjuto, le ayuda con el cuidado de una niña—. ¡Ya vengo!, ¡cuídame ahí!…
—¡Se la robaron y nadie vio nada? —repregunta Odra, quien ha pasado por ahí en otras oportunidades.
—¡Esto se jodió, señor! La delincuencia acabó con todo —se incorpora nuevamente el hombre que respondió primero y empieza a mover las ruedas de su maltratada silla. La afirmación vino después de que un corrientazo enviado por su cerebro le activó el cuerpo empachado de un ron callejero—. ¡Aquí la delincuencia es cri-mi-nal! ¡Esto se jodió!
—¿Y por qué no han colocado de nuevo el busto? ¿Qué pasó? —insiste quien comenzó con la conversación mientras hace una inspección ocular del pedestal cual detective.
—Mire, mi amigo, eso tiene tiempo así, más nunca lo acomodaron —y Luis estira la palabra tiempo hasta que se le gasta el aire de sus ebrios pulmones—. La Alcaldía lo reparó hace años —alarga la palabra años—; y para que usted vea cómo estamos, al día siguiente ya se habían robado la cabeza. ¡Esto se jodió!

Luis, un hombre de voz áspera, achicharrada por el ron y desgastada como las ruedas de su silla móvil, no trabajaba bajo la sombra de los dos mamones que resguardan el quiosquito plegable detrás del pedestal degollado que solo sirve para que la gente pegue afiches, anuncios, publicidad, propagandas partidistas…

El hombre es mensajero de un organismo del Estado, muestra su carné. Propicia el respeto en el trato con otros, a pesar de su borrachera y atorrante voz, aunque su cordialidad asusta: cada vez que comienza una frase, la primera palabra alcanza niveles agudos que decaen y vuelve a subirle el volumen —dos palabras que suenan fuerte al tímpano son separadas por otras dos o tres que suenan en tono más grave—. Está en silla de ruedas no por un disparo, sino por otra complicación que no sabe cómo explicarla; la resume como «un absceso». En el coxis tiene una pelota grande y blanda que se toca para indicar que no es un disparo, para dejar claro que no es delincuente.

Perseo y Medusa_escultura de bronce
‘Perseo victorioso con la cabeza de Medusa’, una escultura de bronce fundido del artista plástico italiano Benvenuto Cellini, altura 519 cm, solicitada por el duque Cosme I. Está ubicada en la plaza la Signoria, Florencia, Italia. Se presentó al público el 27 de abril de 1554 | Cortesía: Doppiozero | Info: Universitat de València

Por aquel pasadizo de unos 50 metros de ancho y 100 de largo también hacen vida comercial otras personas de distintas zonas de Caracas. Necesitan llevar el sustento a la casa. ¿Con qué le dio de comer mis hijos?
—¡¡«Llieve» las tortas caseras, las torta’, torta’, tortas!! —Tibisay promueve su esponjoso bizcocho picado en pedazos grandes.
—¡Dame una! —le dice un señor que no pasa de los 40 años y que parece conocerla. Usa una camisa verde como las hojas que retoñan del mamón que está sobre ellos. El pantalón lo lleva puesto como Cantinflas. Él le entrega 150 bolívares y ella su pedazote de suave torta que en otros lados cuesta el doble o hasta el triple, y son más pequeñas.
Tibisay no le devuelve el cambio. Sorprendido, le pregunta:
—¡Cuánto están costando?
—150.
—¿Las aumentaste? —insinúa el descachalandrado hombre con un acné que nunca pudo curar.
—¡Cara’!, ¡y en qué país tú vives? —ya ella había guardado el dinero en una paca de billetes coloridos que reposan en un bolsito que usa cruzado: lo llaman ‘bandolero’.
—¡Ah, entonces mejor no! —se arrepintió el comprador. El arrepentimiento fue solo de voz porque su cuerpo quedó con las ganas de probar la torta casera conocida como ‘marmoleada’. Se enjugó la baba de sus ansias—. ¡Yo pensé que estaban a 120!

El descachalandrado le entrega el bizcocho envuelto en una bolsita transparente y ella le regresa un billete marrón y otro verde como el color de la camisa que lleva el despeinado hombre. Se marchó, se quejó, se indignó.

Antes, un joven le compró una porción a la simpática mujer. Llegó allí de repente, pero se fue lento, arrastrando el pie derecho doblado a la izquierda unos 95 grados. La fricción con el pavimento le comía la delgada suela de los deportivos blancos, sucios como las manchas mugrientas del piso que tiene muchísimo tiempo, quizá meses, quizá años, sin limpiarse y que ya pasó a formar parte del diseño barroco del granito. Por más que intenta, no puede despegar de la superficie la suela que está más desgastada que las ruedas de la silla de Luis.

«¡¡Moringa, moringa!!; ¡¡moringa, moringa!!». Así vende el vecino de Tibisay, del lado izquierdo, la hoja de este arbusto de países intertropicales, usada no solo para la relojería y perfumería con un método industrial, sino para hacer de forma casera la infusión que alivia achaques y otras complicaciones que están anotadas en una lista sobre el rectangular anime que sostiene los pequeños empaques. Parece marihuana, pero es más verde. El vendedor no destila olor a licor, pero parece tener encima, además de la camisa melón manga larga, una larga resaca que no se la ha quitado de hace semanas.

Al lado del moringuero, a unos 10 pasos diagonales del pedestal, otra mujer de tez oscura como la noche intenta vender zarcillos mientras calma el agudo llanto de un infante que tiene en brazos. No promueve su mercancía. Quien se interesa por las baratijas femeninas se detiene, los ve con sus ojos y con la dermis de sus dedos, pregunta el precio y siguen. En un cartelito se lee: «100 bolívares cada uno», el billete venezolano de mayor denominación, color marrón.

A la derecha de Tibisay, separadas a cinco zapatos de distancia, está una mujer maquillada como para una película de terror donde ella hace el papel de doble de riesgo. Como buhonera encarna muy bien el personaje. Tuvo una discusión con el tinte que le terminó manchando de dorado sus cabellos lacios castaños y que hacen ver su piel más amarilla. Vende coloretes tanto para la cara como para los labios. Y más allá hacia la derecha, otra señora, otro señor; exhiben al peatón las franelas de tela, delgadas como un colador de café. Y más allá otra gente ofreciendo ropa y ropita usada. Y más allá, más gente vendiendo dulces, baratijas, cositas, ‘periquitos’, ‘bichitos’, ‘bicharenguitos’; como dicen ellos, «ganándose la vida»… La anciana de la avenida San Juan Bosco de Altamira encajaría bien con este elenco de buhoneros.

Están ahí porque consideran estratégica la zona. Es el paseo Ávila, al lado de plaza Caracas, en el centro de la ciudad, municipio Libertador. Al final, en la esquina del callejón, esta la estación Capitolio, del metro de la atropelladora urbe. Gente baja y sube, gente que se tropieza como las hormigas. Ellos venden allí en zozobra porque no les permiten comercializar nada en ese espacio.
—No podemos vender aquí porque dicen que es ilegal —se lamenta Tibisay—. Vender tortas es ilegal… [silencio]. Solo se oyó el vaho hediondo que destilaba la alcantarilla rota en la entrada de la estación del metro, distante a unos 20 saltos de Caperucita.

Temen que los policías le roben la mercancía. Si eso ocurriere, no se la devuelven. Pierden todo, menos la plata; y si quieren que su inversión regrese a sus manos deben pagar el monto de lo decomisado. Al menos así dicen ellos.

«¡Mira, mosca! ¡¡Los pacos vienen por allí, están de aquel lado!!”, les sopla una mujer que sabe cómo se mueve el maní por ahí, que sabe cómo se mueve la zona. La vendedora de tortas caseras, de vainilla con chocolate, tiene sus corotos montados en un carrito pequeño de hacer mercado, por si acaso se prende como pólvora la corredera; los otros no. Este es el pan suyo de cada día, el de todos los vendedores, ahí, sobre el mugriento piso, más negro que el asfalto deteriorado de las calles contiguas, más negro que la negra de las zarcillos baratuchos.

El angosto jardín a sus espaldas está más calvo que moringuero. Desde hace rato no le cae agua de la lluvia ni le cae agua de quienes se encargan de cuidarlo, ni le echan agua de la fuente artificial seca, fuente dormida, que aseguran sí funciona; pequeña estructura azul llena de basura que ya no vigilaban los ojos del busto del Libertador, sino el ciego pedestal decapitado una noche de esas donde nadie ve nada, que dejó de ser pedestal para convertirse en cartelera: «asesoría legal. Llame al…», se lee en un recorte; «se al…la habi…ción. Telf. 0416…86…», anuncia el papel rasgado que no deja ver quien fue otro de los que pegó avisos sobre el mármol forrado con rastros de periódicos que no se terminaron de revisar.

Odra no tuvo la certeza de quién era el busto del renegrido pedestal a unos 20 pasos de la fuente separada de plaza Caracas por una callejuela. Pensó: “Sobre esa base luciría bien la cabeza de Medusa, solo que la Alcaldía debería pedírsela prestada a Perseo; así habría más ojos vigilando la zona de la delincuencia, y las serpientes venenosas chiflarían con su zigzagueante lengua para alertar a los vendedores informales de los abusadores policías, policías corruptos…

Medusa, un ser cuya mitología griega sustenta que si se le miraba al rostro podría petrificar a las personas | Diseño de Itskatjas
Medusa, un ser cuya mitología griega sustenta que si se le miraba al rostro podría petrificar a las personas | Diseño de Itskatjas

… Si los ladrones regresaran e intentaran decapitar esta vez la cabeza de Medusa, quedarían petrificados y todos sabrían quién o quiénes se llevaron el busto de ‘Simón Bolíva’. ¡Qué buena obra de arte!

Capítulo III…>


Apostillado

La torta que costaba 150, una semana después ya valía 200 bolívares: «Todo subió de golpe», sentencia Tibisay. Ya ella no estaba bajo la sombra del mamón, sino al lado de la fuente donde se reúnen sordomudos, ancianos con tres o seis patas y los que no se rinden en sus sillas de rueda; porque los pacos están en la zona. Tibisay ya no tiene a su lado a la negrita oscura como la noche de ojos achinados, sino a otra morena que vende un dulce de coco embadurnado de papelón. Ambas andan de aquí para allá, de allá para acá, atentas, porque los pacos hace días llenaron un camión de puro decomisos, dicen. «En vez de irse a Petare, a la Cota 905, a sacar a esos malandros de allí, nos vienen a tracalear, nosotros que le estamos echando bolas a la vida», se queja Tibisay, se queja su gente…


<Capítulo I

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